Escrito por Milton Morrison   

Miércoles 07 de Diciembre de 2011

Mientras estudiaba en la Universidad de Bradford en Inglaterra tuve la oportunidad de ser el coordinador en la facultad de estudios sociales e internacionales de la universidad, de unos encuentros muy interesantes sobre temas variados de desarrollo donde participaban académicos y estudiantes.

 

Recuerdo aquel primer encuentro tipo debate que organicé, cuyo invitado fue el profesor Roberto Espíndola, inglés de origen chileno, quien a la sazón era el director del Departamento de Estudios Europeos.

El tema de discusión de ese encuentro fue la corrupción y el desarrollo, y los participantes provenían de todos los continentes, sobre todo de países en vías de desarrollo.

Aquella tarde pude percibir con preocupación, cómo distorsiones sociales, y a la vez del comportamiento humano como es la corrupción se habían enquistado en las estructuras sociales de algunas naciones de tal manera que repercutían negativamente sobre la distribución de sus ingresos y el desarrollo humano.

Un gran aprendizaje fue entender que para llegar a ser una nación desarrollada debíamos acometer tres objetivos donde la corrupción no ha de tener espacios.

Primero, proveer a las personas de la capacidad de resolver sus necesidades básicas; segundo, permitir que cada individuo se desarrolle en un estado de derechos que le permita respetar y ser respetado, y por último, no cercenar la libertad de los individuos de elegir y alcanzar el tipo de vida que ellos desean.

Recuerdo muy bien los comentarios de mis amigos de Nigeria, Bangladesh y Etiopía. Sus países eran ejemplos palpables de la descomposición que produce la corrupción cuando penetra las diversas capas sociales, políticas y económicas de la sociedad.

De aquel encuentro concluí que la complicidad social o colectiva es la base para que la corrupción permee todos los estratos sociales.

Ejemplo de ello se observa en el robo de la energía, donde quien se la roba no es denunciado por sus vecinos, más bien es secundado por otros, dando pie a una complicidad entre las partes.

O en quienes no se permiten el deber de permanecer parados en una fila, sino que tratan de identificar la primera oportunidad para usurpar el derecho ganado por otros, al colocarse de primeros en una fila habiendo llegado de últimos.

Pero aún mayor es la complicidad de los gobiernos y de la oposición para autocastigarse y castigar a quienes se han aprovechado de los bienes de todos.

Es lamentable que las debilidades legales e institucionales en nuestro país nos alejen del desarrollo; y además provoquen confusiones preocupantes, a tal grado que la sociedad vincula y asimila como sinónimos al hombre honesto con el tonto o pendejo, y al corrupto con el sabio e inteligente.

Entendemos, que la corrupción se reduce castigando a los corruptores y a los corruptos. Es tiempo de que se comience a enfrentar la corrupción en todos los niveles y espacios a través del ejemplo.

Once años más tarde de aquel encuentro memorable en la Universidad de Bradford, no dejo de sorprenderme cuando veo que la última encuesta Gallup-Hoy revela que sólo al 9.1% de la población dominicana le importa y asume como su prioridad el tema de la corrupción administrativa. Honestamente, no sé qué pasa con nosotros!

Escrito en el periódico Acento el 07/12/2011